domingo

40 POEMAS DE MARCELO SOSA (2)



EL INEVITABLE ABRAZO CON LA TIBURONA

Primera edición WEB / elMontevideano Laboratorio de Artes / 2017


Infiernos

Hay infiernos en rincones
de locura y miseria
orina y hambre.
Rompen los ojos y las teorías,
como un cero absoluto
de una dignidad olvidada.

Hay infiernos en puertas próximas,
cargando horror como balas
en ojos amputados de inocencia.

Hay infiernos en cápsulas, en tizas,
en formatos inimaginables
vendidos como escaleras a un cielo de cartón.

Hay infiernos duros como rocas.
Sólo queda ser más duros y quebrar,
Sólo queda ser.
Sólo queda hacer.
La utopía
es no permanecer
inmóvil
describiendo infiernos.


Líneas

Camino por la tensa línea
como un turista en Sarajevo
después del último disparo
-cada día es un cielo de cristal
a punto de caerse de mis manos-.
Vivo porfiadamente
por la recompensa de tus ojos
suave línea
que contorna mis paseos
funambulescos
como paréntesis que encierran
un mal sueño.


Amuleto

A punto de salir a la calle
de tirarme al cielo ajeno
busco entre mis bolsillos un amuleto
un paracaídas
una moneda con tu cara
y hallé
la promesa de tus labios
de un tibio te esperaba
y ya puedo salir tranquilo
el mundo
es lo que falta para estar contigo
apenas
una demora
para pensarte
y escribir un poema que guardaré
en mis bolsillos.


Ícaro besando el sol

Y uno está parado acá,
en el justo medio de la vida,
en el injusto miedo de la vida;
preguntándose si es el medio justo
o si ya lo pasó hace rato y se olvidó girar
o si giró y debía seguir.

Uno está parado acá,
en el justo medio de la duda,
sin saber si vivió lo que soñaba
o si soñó que vivía.

Uno está soñando despierto
en esta carretera sin orillas,
acelerando hacia la nada
como un suicida en un barranco,
que sueña con ser por una vez Ícaro
besando el sol.



Sol oscuro

Arde mi vientre un sol, oscura brasa;
inagotable sol que no ilumina,
incendia mis palabras y domina
las puertas de mi piel y me traspasa.

Este sol me consume, sol que arrasa,
sol sin luna, sin gloria, que termina
por matar cada luz, que me asesina,
no tiene fin ni dios, no tiene casa.

solo puedo viajar hacia el abismo,
hundirme sin pensar en el oscuro
silencio que me grita. Ser yo mismo

mi juez y redentor, tirar mi muro;
edificar, entonces, esperanza.
Por eso debo ser. Hablar no alcanza.


El pueblo

El pueblo es una bestia de mil cabezas
y un corazón crucificado.
El pueblo es uno y millones,
como las arenas de un desierto
también cabe en el balde de un niño.
El pueblo duerme ignorándose,
en su casa los espejos muestran complacientes
una dulce mentira.
Desconoce su vocación de sujeto,
y su diversidad, que es su mayor riqueza.
Los poderosos temen su despertar
y lo dividen, lo separan y enfrentan.
Le hacen creer que ha triunfado,
que no hay nada más allá
de este presente de somníferos y máscaras,
de este presente que esconde matanzas bajo la alfombra
del mar Mediterráneo.

El pueblo es un ángel con alas manchadas de petróleo,
un ángel que ha olvidado volar,
que ha olvidado su gracia
en una transmisión televisiva del circo romano.

El pueblo es un condimento de discursos floreados
que levantan escaleras a ninguna parte.

Hoy recostaré mi cabeza en el regazo del pueblo,
como uno más de sus cachorros
y lloraré mi sueño perdido,
mi soledad compartida,
esperando un alba que no llega,
pero dicen,
está al otro lado del mañana.



Obsoleto

A veces la bomba de sangre es bomba de tiempo.
Ruge y se queja como un artefacto obsoleto
del siglo de las máquinas
atrapado sin querer en el siglo virtual.
El médico escucha sus rítmicos pasos
y me pregunta si fumo.
Nunca me preguntan si amo,
si me siento culpable de vivir sin hambre,
si he dejado pasar otra vez la libertad a toda carrera,
si me duelen las veces que no besé a mis muertos.
No, el tipo me pregunta si fumo,
concentrando en un cilindro de veneno
la maldad del mundo
y la angustia del cielo,
como si no le bastara la muerte que lleva
brasas adentro.

El reloj arcaico duele y no me sorprende.
Los aparatos modernos no encuentran la falla:
funciona perfecto, me dicen.
pero no le preguntaron si está cansado
de trabajar a destajo para este estafador.
En sus rojas cavidades esconde un secreto:
no es el único obsoleto en este siglo de fantasmas.



No puedo

No, no puedo parar de escribir,
de llenar de borrones los papeles,
superficiales turistas en hoteles
que miran sin ver y hablan sin decir.

No, no puedo dejar de proferir
poemas groseros y sin vuelo,
no me queda más consuelo
que acaso te de por reír.

No, no puedo ni quiero mentir,
acá lo importante es la poesía.
Uno es un pobre juglar sin valía
que juega a lo que pueda salir.



La vida secreta de los poetas

Lamento desilusionarla, señora,
pero los poetas también estornudan.
Se enamoran, claro,
pero no siempre locamente.
Los poetas a veces eructan,
miran películas, comen pop.
Caminan en invierno,
enfundados en gabanes,
claro que sí.
Pero también han remontado
algún que otro barrilete.
Las poetas no siempre se suicidan,
aunque usted no lo crea.
A veces hasta son felices
-tranquila, dije “a veces”-

Los poetas son seres engañosos,
uno se los imagina frágiles y sensibles,
pero cuesta reconocerlos comprando mortadela.
Esos truhanes
(y peor, esas estafadoras)
son seres
-agárrese fuerte-
humanos.
Respire, tome asiento, asúmalo.

He revelado el secreto.
Sé que caerán sobre mí
las siete maldiciones
del apóstata del verso.
Pero no soportaba esa carga en mi conciencia.
Ahora usted decide
si cuelga en su perfil los versos
más tristes de Neruda.



Noche

La noche me tapa
como un océano sin orillas
sin superficie.
He llovido mis penas y la muerte
me vomita mis pecados y cadenas.
Mi adentro se afuera, se altera.
Mi alma se ajena, se pierde.
Salgo a mi tormenta.

Entre la mierda y el barro
todavía hay flores.
Debo entrar descalzo,
hundirme en la pesadilla,
sentir en mis pies el vapor dulzón,
las espinas jóvenes de cardos secos.
Hay una ninfa jubilada escondida en un ombú enano.
Canta una canción ya caduca
con letra cambiada,
ha perdido el mar de la mirada,
y creció alas para morir en este bosque mío.
Hay un carancho que me mira
con ojos de violencia en espera.
Me veo en esos ojos que tuve.

Encuentro la flor y abro mis pulmones;
limpio la mierda a gritos,
a susurros,
a oraciones.
Hundo mis manos y limpio.
Gritan mis dedos el dolor,
cantan la alegría,
despiertan como horneros y hacen
del barro nido.
Amanece.
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